A velo descubierto, desnudaré una vez mi alma,

esa, que alguna vez fue joven. Esa que alguna vez fue pura.

Caminando entre los escombros, de la vida y sus venenos,

del cielo y sus secretos, se inventó mi voz tu nombre.

Claudiqué ante los suspiros de las noches desesperadas;

donde encontraba tu sigilo, y tus madrugadas ya empezadas.

Miré mis dedos, que destilaban tiempo; tiempo que se iba.

Luz que se escapaba.

Vigilé el silencio de una cruenta llama, que lo devoraba todo,

aún las ganas.

Y en medio del lodo, y vagando en la nada,

destruí tu llanto, y lo convertí en calma.

Pero eso tú no lo veías.

Sólo te despedías por las mañanas,

con un beso frío, con abrazos rotos.

Y mi corazón fingía, que nosotros éramos otros.

 

—Lihem ben Sayel

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